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La periodista y cantante gaditana que pone voz a Decaipirinha, enamorada de los ritmos brasileños, conocedora de las maravillas de la creación carioca, defiende las ganas de vivir, los mensajes positivos y subraya los efectos terapéuticos de la música.


¿Hace calor en Sevilla? Aquí tuvimos terremoto.

Un horno abierto. Horroroso. Ya estoy yo en Cádiz. Mi madre sintió algo.

Dicen que salió a calentar la Virgen de la Palma.

Por si acaso. Dios no quiera un tsunami. Aristóteles pensaba que había que vivir lejos del mar. Estaba equivocado.

A vivir que son dos días, tres antes de los recortes.

Está todo fatal, pero hay ganas de tirar p’alante. Ilusiones nuevas. Incentivos. Y si vienen malas, habrá que refugiarse en las aficiones, en la gente querida y sacar partido a las pasiones de cada uno. Necesitamos mensajes positivos.

Malo será. Eres periodista de Canal Sur Radio, además de artista.

Hay días que pienso: “Nada más que hemos dado malas noticias”. Claro que afecta, los periodistas manejamos información muy delicada. La realidad a veces parece aplastante. Menos mal que tengo un gran ambiente de trabajo, buenos compañeros de oficio y grandes músicos a mi lado.

¿La música es la mejor vía de escape?

Por supuesto. Un remanso de paz, una satisfacción diaria, el mejor bálsamo, no sólo cantando sino escuchando música. Ya se sabe que la música activa las hormonas que producen satisfacción y que es terapéutica. Mira esa enferma de parkinson que además es profesora de música. La música es súperpoderosa, algo ancestral y profundo.

¿Cantas desde que tienes memoria?

Desde chica. A mi padre le gustaba el flamenco, el carnaval y tras cosas. Para él, Roberto Carlos era el número uno.

Qué casualidad. Terminaste cantando jazz y bossa nova.

Roberto Carlos tuvo más éxito en España que en Brasil, tal vez porque trabajaba la música melódica y no la samba. Me enamoré de la música brasileña cuando estudiaba en el instituto Rafael Alberti. Me juntaba con gente mayor a raíz de la música. Empecé a cantar y a Pedro Cortejosa, que tocaba la guitarra, le gustó mi voz entré en su grupo. Pedro preparaba un musical que no llegó a estrenarse.

Brasil es Carnaval, como Cádiz.

Lo que sería el Carnaval de Cádiz si su música se pudiera bailar. Llegaría a más gente. Aquí bailamos flamenco, pero no de forma multitudinaria como en Brasil. Bueno, aquí hacemos “tipo, tipo”.

Y botellón.

Eso no es Carnaval. La carpa es chimpún, chimpún. Los brasileños salen a la calle a bailar y cantar. Me gusta. Yo también bailo cantando, porque produce efectos curativos, medicina para estos tiempos.

¿Vas o vienes de Brasil?

He ido dos veces, pero espero volver este otoño. Paro en casa de Francho Barón, primo de mi prima, periodista, corresponsal de la Ser, del País o Canal Sur. Pertenece a la productora Maresía, que significa olor a mar.

¿Estudias portugués?

Lo hago para acercarme lo máximo a las letras de las canciones. No es fácil, pues hay vocales que admiten diferentes pronunciaciones, pero es un lenguaje precioso.

Conoces a fondo el jazz y la copla, tan antagonistas.

Hace poco canté copla en el Café de Levante. Y hago jazz desde que formamos el grupo Azul, cuando volví de estudiar Periodismo en Sevilla.

No hay muchas mujeres que practiquen el jazz por estos lares.

No te creas, cada día salen más cantantes. La primera que recuerdo fue Ana Forero, de La Guinda.

Cantas con músicos de prestigio, ases de la guitarra.
No quiero olvidar nombres: Luis Balaguer, Nono García, Pedro Cortejosa, José López, Juan Galiardo al piano. Con Tito Alcedo sólo he cantado una vez. Canto con mucha gente. La música es muy libre. Pongo voz al grupo Decaipirinha, el propio nombre lo indica, de Cádiz y de Brasil, pero me ajusto a diferentes proyectos, según el momento y las necesidades. Siempre encajan las piezas del puzzle.

Todos con todos.

Lo importante es seguir tocando y cantando. He cantado incluso en los barcos. Me falta cantar en avión. La música es mi pasión.

¿Has llegado a pagar por cantar?

No. Tengo la suerte de desarrollar otro oficio muy bonito, el periodismo, pero entiendo que haya músicos que trabajan en condiciones muy precarias.

Tu gata se llama Bahía, lindo nombre.

Se llama Bahía por Salvador de Bahía, por Río y por Cádiz. Me decidí finalmente en un viaje a Marrakech, cuando conocí el Palacio de Bahía, la favorita del sultán.

Bahía no es el típico gatito de Facebook, es real.

Es blanca, de ojos celestes como el mar. Le falta hablar. Es un ángel caído del cielo, me da tranquilidad, por su nobleza y cariño. Los gatos no se merecen la mala fama de ariscos.

 


 

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Revista Cultural Crítica y Costumbrista de Cádiz del periodista Enrique Alcina Echevarria.
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