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La enésima vuelta a casa de Costus invita a evocar la relación de la pareja de pintores con el núcleo kitsch de la movida madrileña. La mesa de camilla de Casa Costus, la primera residencia que compartieron en el número 14 de la calle Palma, parió algunas de las ideas más disparatadas de Alaska y los Pegamoides y Pedro Almodóvar, entre otros muchos que paraban a diario en el “convento” de Juan Carrero y Enrique Naya. Dicen que Juan pintaba mejor que nadie y que Enrique brillaba en el concepto. Los cuadros que integran El Valle de los Caídos representan un guiño gamberro, transgresor, de la movida al arte religioso y la moral imperante de la época, años ochenta, explosión de creatividad en las calles de Madrid.
 

El productor Andrés Vicente Gómez tuvo sobre la mesa un guión en torno a la figura de Costus que iba a dirigir Jaime Chávarri. Dicen que la película atribuía a los pintores la invención de la movida. La cinta no llegó a rodarse. Los Costus no crearon la mal llamada movida, pero contribuyeron, con un toque gaditano de ironía y desparpajo, a impulsar el movimiento de un grupo de artistas de diversas disciplinas.
 

Alaska, que siempre fue fiel a Costus hasta el fatal desenlace de ambos, enfatiza a Rafa Cervera, en el libro “Alaska y otras historias de la movida”, que los pintores “fueron muy importantes porque pusieron imágenes a una serie de cosas que pasaban por nuestra cabeza”. Colores chillones, vírgenes descaradas, dioses de carne y hueso, chochonismo ilustrado. En un ambiente ciertamente bisexual, adolescentes de clase media-alta se abandonaban a la estética glam y combinaban a Bowie y Warhol con Lola Flores, menudo atrevimiento, y a los Ramones con el cine de Berlanga.
 

Otros chavales colmaron la escena musical de estilos dispares de música, artes plásticas y poesía, brotaron las revistas especializadas, despertó la noche madrileña, estalló una cultura nueva que caló en mayor o menor medida en la juventud hispana. La movida, a juicio de Alaska, apenas existió. Lo que nació fue una generación de artistas adelantados al tiempo, tal vez al futuro, tal vez al pasado, componentes del boom de natalidad experimentado en los años sesenta. Costus eran un poco mayores que los imberbes aspirantes a artistas de fin de siglo.
 

En la calle de la Palma, cerca del Dos de Mayo, a un paso del Pentagrama, templo del pop-rock madrileño, los pintores culminaron parte de su extensa obra, realizaron portadas de discos, proyectaron el diseño de clubes nocturnos y hasta escribieron un surrealista libro sobre el marujeo.
 

Juan y Enrique se conocieron en Madrid en 1977, en plena eclosión del punk en Londres. Los protagonistas de la década recuerdan que los pintores impregnaron Casa Costus de un estilo nada moderno, las hechuras y actitudes jipis que trajeron de Cádiz. Y fueron grandes anfitriones. Cada tarde abrían sus puertas a todos, con la condición de que se sintieran artistas: Tino Casal, Fabio Mc Namara, Carlos Berlanga, Eduardo Benavente, Almodóvar, Bernardo Bonezzi.
 

Almodóvar rodó numerosas escenas de Pepi, Luci, Bom y otras Chicas del Montón en la casa de Costus. El cineasta manchego y Alaska mantienen una deuda contraída con esa casa. Enrique era muy protector con Olvido. La cantante mexicana, urbanita que no suele acercarse a la orilla del mar ni por asomo, aceptó en el verano del 79 la invitación de Costus y bajó a los Caños de Meca, el paraíso del nudismo y de la gente enrollada de la época. “No me quité el bañador de leopardo en todo el día”, confiesa ella.
 

Alaska celebraba su cumpleaños en Casa Costus, hasta los dieciocho, cuando se produjo el distanciamiento de los pintores con los egos más relevantes de la movida. Al tiempo, el galerista de arte Fernando Vijande lanzaba a Juan y Enrique al estrellato, por así decirlo. El célebre mecenas pensaba que el arte de Costus entroncaba con el arte pop neoyorquino, pero otros prebostes de la movida no opinaban de igual manera y algunos rencores, puertas cerradas y malentendidos truncaron el ascenso de la pareja. Conviene no dar credibilidad a ciertas maledicencias de los ochenta, pero lo cierto es que Costus decidieron tomar el camino a México, no sin antes pasar por otra casa en Monte Esquiza.
 

A mediados de los ochenta, cuando la influencia de la movida se dejaba notar en toda España, en días de vino y rosas y grandes presupuestos municipales, euforia y orgía colectiva, Costus firmó la enésima vuelta a casa. Arrendaron un caserón a las afueras de El Puerto de Santa María y escenificaron uno de los capítulos postreros de su agridulce historia vital.
Juan y Enrique se congraciaron de nuevo con algunos artistas madrileños, a los que recibían habitualmente en la casa portuense, el nuevo laboratorio de ideas, donde remataron la serie del Valle de los Caídos, hasta configurar las dieciocho piezas de tamaño monumental que sus familias han donado a Cádiz.
 

Los Costus fueron rompedores, traviesos, transparentes, fluorescentes y desbordantes. Sus allegados recuerdan que a ellos les gustaba decir que eran “pintores de provincia”, para más señas de Cádiz, cuya luz les acompañó en vida. Se querían tanto que murieron de amor. En tiempos de descubrimiento y herencias oscuras, Juan y Enrique no ocultaban su condición, para escándalo de conservadores y demás gente con prejuicios.
 

La obra de Costus traza algunas líneas paralelas con la carrera de Alaska, de tal manera que los Pegamoides adoptaron el chochonismo ilustrado, lucieron portada de Enrique en Horror en el Hipermercado y se contagiaron del carrusel de personajes comunes, del universo de Costus.
 

Si el programa de actividades en torno a la exposición de Costus en el Castillo de Santa Catalina, que sumó 50.000 visitas, no pudo contar con la presencia de Alaska, en esta oportunidad todo conduce a que ocurrirá lo propio. El Ayuntamiento ha intentado contratar al grupo de Olvido y Nacho Canut, Fangoria, pero según fuentes municipales las pretensiones económicas se antojaban demasiado elevadas, o el presupuesto corto, según se mire, y lo volverá a intentar de cara al primer aniversario de esta exposición permanente. Ya habrá tiempo. Siete años emplearon Costus en rubricar el Valle de los Caídos, entre 1980 y 1987, precisamente los años felices y el período de vida natural de la movida. Sólo perduraron algunos elegidos en la memoria fugaz del público. Canciones redondas, trovadores de largo recorrido y pocos grupos.
 

Entre paréntesis, cabe reseñar la tiranía de algunos medios de comunicación y de determinados escritores o locos locutores alrededor de la movida. Costus también sufrieron el ninguneo de personajes como Paloma Chamorro, diva del esnobismo, del mismo modo que los tildados de “babosos”, insulto grueso que tampoco ha trascendido en el tiempo, sobrevivieron muy a pesar de críticos musicales. Ahí queda el ejemplo de Enrique Urquijo o Antonio Vega, los Secretos o Nacha Pop, que no se integraron en la modernidad y recibieron zancadillas de todo tipo. Mucho veneno en la piel, como cantaba Radio Futura.
 

La década más loca se cerró con la muerte de Juan y Enrique, en 1989. Su vida, en cambio, da sentido a un montón de rincones del mundo. El reconocimiento.

Publicado en El Independiente de Cádiz

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Revista Cultural Crítica y Costumbrista de Cádiz del periodista Enrique Alcina Echevarria.
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