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La escritora, periodista y filósofa Sandra Pérez Castañeda habla del suicidio sin tapujos. Traza una línea paralela entre la ciudad de su primera novela y la crisis actual, aunque no olvida detalles gaditanos de tragicomedia pura como recurso para no arrojar la toalla.


“La ciudad que rompe sueños” aborda el suicidio en una sociedad decadente y alienante, opresiva. ¿Qué respuesta estás obteniendo de los lectores?

He notado que el suicidio atrae y repele con la misma intensidad, suscita respuestas radicales. Tras una entrevista en la Feria del Libro de Sevilla, la locutora se sorprendió de la cantidad de adolescentes que acudieron atraídos por el tema. Es algo que me preocupa, porque podrían entender mal el asunto.

¿Morbo?

Exactamente. Los adultos asumen el destino final, pero los chavales consideran el suicidio como un enigma. Aunque en la novela, el suicidio es la excusa para relatar la falta de ganas de vivir en un escenario extremo, un recurso literario para hablar de la vida. En una ciudad del futuro que no parece muy lejana a la actual.

La novela ha logrado muy buenas críticas.

Hay gente que se lo ha tomado como una novela de autoayuda, otros piensan que es un texto teológico. A veces al autor se le va de las manos y no puede controlar lo que escribe.

Siete años de investigación te costó construir la ciudad de las pesadillas.

Hice relatos, guiones de cine, pero la novela ha resultado un paso cualitativo. ¿Cómo me pude meter en tal berenjenal? Con la valentía del novato. Durante el proceso murió mi padre, y pasé un tiempo sin poder tocar el texto. Fue muy duro hablar de la muerte con la muerte tan cercana.

Para ser gaditana, el tema no se antoja demasiado alegre. Suicidios en masa en la ciudad que sonríe por alegrías. Paradojas.

No te creas. El pasodoble de Carnaval que más me gusta es el de la caballa de los Sanmolontropos Verdes. “Era un hombre agobiado, deprimido”. La tragicomedia gaditana en estado puro.

En Cádiz hay que morir.

La ciudad de la novela sufre un paro masivo, cosa muy gaditana.


Cádiz, entre bromas y veras, sufre más de lo que parece.

Ocurre cuando los días pasan por ti y no tú por los días. El paro es como la muerte en vida.

El suicidio no deja de ser una forma de vida.

La inacción es la muerte. Tirar la toalla acerca al fin.

La publicación de la novela coincidió con el brote de suicidios a causa de los desahucios.

Una semana después de la presentación se produjeron los suicidios, como fichas de dominó. La empecé a escribir en tiempos aún de bonanza económica, pero entonces ya se daban cifras muy altas de suicidios, por encima de los accidentes de tráfico.

Eres periodista. El suicidio es tabú en las noticias.

Si va asociado a la crisis, se publica. Si las causas no están claras, se silencia para evitar el efecto rebote.

Viajas a la mente humana, también en tu condición de filósofa.

El cerebro es un reto.

¿Se está suicidando el capitalismo?

Siempre hubo suicidios, pero no es lo mismo Sócrates que un soldado japonés. El suicidio por desesperación tiene principios románticos, pero el suicidio a causa de la crisis nos invita a pensar que el consumismo no nos hace felices. Hemos perdido valores como seres animales. Ya no aprendemos a cazar, por ejemplo. La técnica nos distancia de la naturaleza. Echamos a dormir los instintos mientras apuramos la sofisticación antinatura.

¿La próxima novela será pa matarse?

En octubre publicaré una colección de relatos y ya trabajo en el segundo libro, muy vinculado a Cádiz y a una historia de amor. Yo no empecé a escribir por azar. Aunque mi primera novela hubiera resultado un fracaso, estaría escribiendo la segunda. Y además, de ficción. Las cosas del hombre se entienden mejor con la imaginación. Prefiero la ficción que la argumentación, a la hora de escribir un relato. Te hace vivirlo, es tuyo y profundo.

A vueltas con el periodismo, a muerte con la realidad.

Soy una periodista sui generis, pues comencé mi formación con la imagen. Soy muy crítica, el periodismo está casi muerto debido a las estructuras de producción. Veo más útil la crítica filosófica que la periodística. Hoy no se repetiría un caso Watergate. Sería como morder la mano que da de comer.

Trabajas en Canal Sur, un caramelo para los amantes de la privatización.

Con un gobierno de izquierda, será más difícil. Con un gobierno del PP ya se hubiera empezado a desmantelar. Ser de Canal Sur provoca envidias porque tenemos convenio laboral, algo normal pero anómalo. Entré muy joven y he comprobado que Canal Sur ha ayudado a conocernos mejor, a configurar el sentimiento unitario, a sentirnos orgullosos de ser andaluces.

 

 

 

 

 


Publicado en El Independiente de Cádiz

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