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 La familia Ruido hace horror a su apellido en lo peor del querer. Prestigiosos arrastradores de muebles ejercen de padrinos de la ceremonia. Entran ganas de tomarse un año satánico o de apretar el timbre bien fuerte hasta hacerse sangre. La vecina del quinto tiene cuerpo de aspiradora, se conoce que choca contra los rincones de la casa como si jugase al jockey sobre piedras. La taladradora de su maromo anda estropeá, ya verá cuando se entere el repartidor de pizzas, que tampoco está al tanto del paradero del silencio, la musiquita más bella del día. Oh, el silencio, siempre a muerte con la rutina y con la vecina del tercero, que saca a mear a dos perros cada tres horas, mu chiquititos, con mu mala leche y voz de pito. El chavalote del cuarto, por sus partes, recorre nuestro cerebro con el puto patinete de los viernes por la tarde, por no hablar de su padre, que juega al paddle con su madre en el patio, la jet set se queda pequeña, sabes cómo te digo.. Cuando iban al colegio, los de abajo colgaban una canasta de básket aquí al lado, junto a la ventana, y daban pelotazos pa mandarlos al mismo caribe, poner a su paddle vestido de limpio y dirimir las cuitas en el juzgado de lo social o como se llame el lugar donde se pierde el juicio y el vecino asume las costas y todo el mundo se entera en la escalera del portazo que pegó el abuelo harto de tortas de Inés Rosales. No haga caso, señora jueza, sólo fueron dos rachas, es que el ruido me pone de los nervios. Aún recordamos la sangrienta navidad del ochenta y nueve, cuando al carajote del primero b no se le ocurrió otra cruel idea que dejar al perro ladrador en casa, encerrado en la cocina, solo como un can que es, y créame, pensamos seriamente en comprar una mijita de veneno en el almacén de la esquina o amotinarnos en la droguería hasta nueva orden. Un simple conflicto vecinal elevado a la categoría de guerra fría puede convertirse en la comidilla de mañana, cuando se junten el hambre y las ganas de comer. Y para colmo, no hay papel en el cuarto-baño.
 

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Revista Cultural Crítica y Costumbrista de Cádiz del periodista Enrique Alcina Echevarria.
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