Una cosa fresquita (y basta) tipo sálvame deluxe. Llegó, vio ... y sólo mostró un pecho, a regañadientes, en un hotel de Jerez. Un escándalo, oiga. Lo que jamás sucedió y, sin embargo, pasó a la historia. Las hemerotecas dan fe. Una teta, por la tarde, en la piscina del Sherry Park, guiñándole el ojo al sol puritano de costa casta, enseñó la pornodiputada italiana, la espía húngara que vino del frío a calentar las postrimerías de los años ochenta. Nueve de julio del ochenta y ocho. Cicciolina no quiso actuar, esgrimiendo motivos de parné y la desértica entrada que presentaba la discoteca 05, mítico local portuense que competía de veras en la loca noche de los tiempos con la Joy Sherry. Grandes conciertos, espectáculos de postín a razón de ocho mil personas cada jueves, cada sábado del verano. La decadencia trajo el olvido y un montón de rematojos. La imposible noche X de la Cicciolina representó el final de una época. Hizo mutis por el foro, pero algunos medios dieron por hecho el surrealista acontecimiento que hoy causaría risa y rubor, y acaso pasaría desapercibido en el imperio tirano de la vulgarización pública, o no.
Se conoce que a la gachí le moló el juntaletras y, muy cariñosa, le pidió que le enviase el articuli al parlamenti italiani, va bene, y aprovechó un descuido del ruborizado interlocutor para meterle mano, primero a través de la uve de pelo en pecho, camisita taquicárdica, y luego bajando hasta los países bajos. Escribí sobre su ataque a las parte pudiendas neerlandesas, pero omití las ofertas inmediatas de entrevistas para la radio, testigo directo, el tipo al que la Ciciolina le tocó los cojones, literalmente ... no se pierdan la exclusiva mundial. Un carajo.
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